Salgo al paso del desafortunado artículo del sr. Julio Máñez en El País, titulado "Se van pero volverán", en el cual el autor se dedica a lanzar improperios y descalificaciones hacia las Fallas y sus circunstancias. Algunas de las más llamativas soflamas antifalleras del sr. Máñez han encendido los ánimos del mundo fallero y del entorno cultural valenciano en general:
"Las Fallas son una atrocidad cultural de mucho calibre, un acontecimiento molesto y sin expectativas de cambio".
"¿Patrimonio Cultural de la Humanidad? Menudo patrimonio, vaya una cultura, pobre humanidad".
"El alma valenciana, si es que tal cosa existe, ni se ensancha ni se encoge por la celebración de ordalías de esta clase".
"Disfrazarse durante unos cuantos días con una vestimenta que ni es tradicional ni nada es cosa de payasos carnavalescos añorantes de un pasado más que dudoso".
"Entregar un ramito de flores a la imagen de una virgen podría pasar por un asalto de aborígenes que habría de ser disuelto por la Guardia Nacional".
"Una fiesta de origen rural, de celebración rural, de resistencia rural que molesta más que divierte".
Vaya por delante que dejé de ser fallero hace muchos años, con lo cual dejo patente mi "desapasionamiento" particular en este tema.
Las Fallas, sr. Máñez, son la fiesta más internacional de España, junto a los Sanfermines y la Feria de Sevilla, un atractivo cultural, folclórico y turístico de primer orden. Y es nuestra: del pueblo valenciano. El dominio del fuego y la pirotecnia, y el carácter festivo de los valencianos son reconocidos distintivos. Como enunciaba el alicantino Miguel Hernández en su oda "Vientos del pueblo me llevan": "valencianos de alegría".
Solo a un pseudo-modernista fusterianista se le ocurre poner en duda el pasado y la tradición de las fiestas o los vestidos valencianos, para después vender la idea de que en una ciudad como, por ejemplo Barcelona (¿por qué siempre ponen el mismo ejemplo, y lo infiltran entre otros, París, Amsterdam?) no se toleraría semejante "jarana". Como si el imaginario nacionalista catalán fuera algo "de toda la vida", y no fruto del romanticismo novocentista. La gente como usted siempre hace grande lo de fuera para empequeñecer lo propio.
Insulta usted a todos y cada uno de los miembros de una Comisión Fallera, cuya alma por supuesto que se encoge al ofrendar a la Virgen, independientemente de su religiosidad, o al quemar cada año su monumento, muestra de arte y sátira sin parangón en el mundo, al llamarles "payasos carnavalescos" y "aborígenes". Y ello nos hace exigirle respeto y una disculpa a la sociedad valenciana.
Desde estas líneas, sr. Máñez, le invito a abandonar Valencia durante esos "molestos días", y a disfrutarlos en su amada, cosmopolita y moderna Barcelona. Incluso puede usted plantearse establecer allí su residencia definitiva, y huir de la "rural" y "subcultural" Valencia. Los valencianos nos ahorramos la molesta presencia de otro anti-valenciano fusterianista, y la moderna madre patria Cataluña gana un intelectual. Usted también puede irse, como las Fallas. Ellas volverán por tradición, por voluntad general. A usted, si no vuelve, es posible que no le echen de menos ni sus vecinos.